¿Ansioso antes de bailar?

Compartir en:
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email
Share on print

Es probable que en algún momento hayas experimentado el llamado “miedo escénico”. Se trata en realidad de ansiedad, y suele presentarse minutos antes de pisar el escenario o durante la ejecución de tu rutina. No es raro vivenciar los síntomas propios de esta emoción; de hecho, cierto nivel de ansiedad es incluso recomendable, como veremos más adelante. La mayoría de los bailarines describen algún grado de nerviosismo al momento de bailar. Y aunque son muy pocos los episodios en que los síntomas escalan hasta convertirse en un ataque de pánico o en los que el bailarín responde con conductas evasivas (como negarse incluso a pisar el escenario), es claro que la ansiedad elevada puede minar tu desempeño.

El miedo escénico se presenta en aquellas situaciones en las que llevas a cabo tareas desafiantes y bajo el escrutinio o presencia de otros. Por lo tanto, se trata de situaciones con un marcado carácter unidireccional en la comunicación. Es decir, estás en el foco de la atención, eres tú el que baila y estás bajo la mirada y supervisión ajena, sin que haya posibilidad de una retroalimentación real inmediata. Lo más cercano a una retroalimentación en un escenario es el aplauso del público, y éste (si es que ocurre) suele darse sólo al final de tu intervención.

La ansiedad suele desencadenarse a partir de una situación inquietante. Puede ser el sonido del tercer timbre, la apertura del telón de boca o el momento en que se ilumina por primera vez el escenario. De inmediato, la ansiedad se presenta en dos formas: pensamientos catastróficos y síntomas fisiológicos. Estos últimos se refieren básicamente a sofocos, sudoración, tensión muscular, aceleración del ritmo cardíaco y respiratorio, sequedad en la boca, temblores, nauseas, mareo… Sin embargo, la característica más destacable de la ansiedad son los pensamientos catastróficos. Cuando a un bailarín ansioso se le pide que diga lo que surge en su mente justo antes de subir al escenario, son los pensamientos negativos del tipo “no podré hacerlo», “no soy bueno para esto», “me voy a caer» y frases por el estilo, los que parecen interferir de manera más directa con su adecuado desempeño. Entonces, tienes una tarea desafiante por delante, pero dispones para enfrentarla de un cuerpo fuera de control y de una mente preocupada. Un panorama poco alentador, ¿verdad?

Falta poco para entrar a escena, y en tu cabeza siguen retumbando los mismos pensamientos: “no puedo”, “me voy a equivocar”. Es claro que las intenciones de tu mente son buenas. En efecto, la preocupación es el resultado de la vigilancia que la mente ejerce ante la aparición de peligros potenciales. Es indudable que este mecanismo ha sido esencial para nuestra supervivencia en el curso de la evolución. Cuando el temor se pone en marcha, nuestra atención se fija a la amenaza percibida, forzando a la mente a obsesionarse con la manera de enfrentarla y, de momento, pasando por alto cualquier otra cosa. En otras palabras, tu preocupación es un ensayo de lo que podría salir mal sobre el escenario y de cómo podrías enfrentarte a ello. Tu mente lo hace todo el tiempo: busca soluciones positivas a peligros de la vida adelantándose a los riesgos antes de que estos surjan. Sin embargo, el resultado no siempre es el esperado, pues cuando estás preocupado las soluciones y las nuevas formas de considerar un problema suelen brillar por su ausencia.

Si bien son las situaciones inquietantes las que disparan la ansiedad, son los pensamientos catastróficos los que la perpetúan y profundizan, a tal punto que llega un momento en que las primeras son dejadas de lado, para darle paso a los segundos. El resultado es un alivio parcial de la ansiedad. En ese sentido, tus pensamientos de preocupación quedan reforzados, pues se convierten en un antídoto contra la ansiedad misma que los provocó. Son esos pensamientos los que entran a ocupar el foco de tu atención. ¡Un momento, no te entusiasmes!, no es que los síntomas desaparezcan, sencillamente pasan a un segundo plano. Siguen ahí, tras bambalinas, alimentando y siendo alimentados por tus pensamientos catastróficos que, como ves, no resuelven el problema, lo intensifican.

¿Qué hacer? De poco sirve que te diga: «deja de preocuparte». Lo mejor es agudizar tus sentidos para identificar cada una de los elementos que participan en tu circuito ansioso: las situaciones detonantes, los pensamientos que alimentan la preocupación y los síntomas físicos. Una vez aclarado esto, es el momento de quitar el pie del acelerador. Y es que muchos bailarines intentan liberarse de su estado de nerviosismo apresurando la situación para que acabe lo antes posible. ¡Eso es echarle más leña al fuego! Quieren bailar pronto y no paran de preguntar si falta mucho para su turno. Ya en el escenario, sus movimientos son aparatosos y torpes, se adelantan a la música y están tan apresurados por abandonar el tablado que se les olvida su rutina, se saltan partes y hasta omiten hacer su venia final. Al acelerarte, la ansiedad se retroalimenta y el efecto deseado no se consigue: ni baja tu nivel de  nerviosismo ni realizas tu tarea con éxito. Además, el disfrute se reduce a la mínima expresión. ¿Qué sentido tiene? Cuando el sistema está acelerado, lo mejor es bajar el ritmo, tomarse un par de minutos y procurar calmarse. Primero, la respiración: inhala y exhala muy despacio. La respiración profunda nos calma y tranquiliza. A continuación, ve al movimiento: realiza tu rutina en cámara lenta, de principio a fin, enfocando tu atención en cada detalle, en cada uno de los pasos que la componen.

Además de bajarle al ritmo, es importante focalizar la atención en la tarea. Los bailarines ansiosos hacen todo lo contrario: se centran en sus síntomas o en sus pensamientos catastróficos y se olvidan de la danza. La preocupación absorbe casi todos tus recursos mentales, dejando disponible muy poco para procesar otro tipo de información. Si estás metido de lleno con la idea del fracaso o absorto en tus temblores y en tus nauseas, entonces aspectos como la interpretación del personaje, el dominio del espacio, la musicalidad y la precisión técnica se quedarán sin recursos físicos y mentales disponibles. Sí, todo se lo habrá tragado tu irracional miedo.

Necesitarás también desafiar activamente tus pensamientos catastróficos. Si esto no ocurre, la espiral de la preocupación volverá a comenzar. Cuando se permite que una preocupación se repita una y otra vez sin ser desafiada, aumenta su poder de persuasión. Entonces, es necesario que adoptes una postura crítica frente a tu manera de interpretar la situación y que comiences a cuestionarla: “Es ballet, se supone que debe ser divertido”. “¿Qué es lo peor que puede pasar?” “¿Sirve de algo preocuparme?” “¿Realmente me van a comer vivo si me equivoco o me caigo?” Si te fijas bien, los pensamientos catastróficos son negativos, tienen un componente adivinatorio y se concentran en los resultados. ¿Por qué en los resultados? Porque nos han enseñado que los resultados son el principal referente para evaluar nuestro desempeño. Y nos enseñaron también a medir nuestro valor como personas a partir de nuestros logros. Al  juzgar tus acciones sobre el escenario, te estás evaluando a ti mismo. Es por eso que tu intervención termina por convertirse en una situación de vida o muerte. ¡Absurdo! Tú eres mucho más que una coreografía. Entonces, te sugiero que alistes tu artillería contra lo absurdo. Créeme, esta combinación de conciencia y sano escepticismo deberían actuar como freno para tu ansiedad.

Ahora bien, te dije al inicio que cierta dosis de ansiedad es recomendable. De hecho, existen al parecer dos tipos de ansiosos: aquellos cuya ansiedad anula su rendimiento y aquellos que son capaces de desempeñarse bien a pesar del miedo o, tal vez, a causa de él. La ironía de la ansiedad es que el mismo temor con respecto al buen desempeño, que idealmente puede motivar a un bailarín a hacer su máximo esfuerzo y lograr buenos resultados, puede sabotearlo en el caso de otros. Para los bailarines que son demasiado ansiosos, el temor previo a su presentación puede interferir con su capacidad para entrar a escena, y durante la ejecución de su rol perturbar la claridad mental necesaria para desempeñarse bien.

Por otra parte, los bailarines hábiles en aprovechar sus emociones logran utilizar la ansiedad previa al escenario para motivarse y prepararse bien, con lo que consiguen un desempeño efectivo. No me canso de decirlo: si no sientes nada al subir en una montaña rusa, ¿para qué subirse? Si pararse en el escenario no te produce una pizca de nerviosismo, entonces no tiene sentido hacerlo. ¡Bailar debe ser emocionante! Así pues, Respecto a la relación óptima entre ansiedad y desempeño, parece que un mínimo de nerviosismo resulta necesario para impulsar un logro notable. Muy poca ansiedad provoca apatía y baja motivación para esforzarse en alcanzar un logro aceptable, mientras que demasiada ansiedad puede sabotear cualquier intento en este sentido. Entonces, un estado de leve ansiedad parece ser deseable. Pero, cuidado, si dejamos que ese poco de ansiedad se descontrole hasta convertirse en una auténtica manía, la agitación socavara la capacidad de pensar con coherencia y actuar con claridad. Tal y como lo planteó Aristóteles, parece que hemos de encontrar un equilibrio que consista en algo así como un «punto medio» entre el exceso y el defecto. ¡Ni muy muy, ni tan tan!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otros temas que pueden interesarte

¿No sería fantástico si pudieras…

  • Mantenerte siempre concentrado
  • Pisar el escenario sin miedo
  • Tener la motivación siempre arriba
  • Potenciar todos tus recursos
  • Aprovechar al máximo tus clases
Compra en Colombia
Compra internacional