Bailar es resistir

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Hace poco, con cara de angustia y tono quejumbroso, me decías: «¡Profe, no sé qué hacer con mi vida!» Dicha expresión parecía ser un grito desesperado, el resumen de la encrucijada en la que te hallabas. Encrucijada que yo mismo padecí en carne propia, la misma por la que casi todo aspirante a bailarín debe pasar.

Estás cursando tu último año de secundaria, pronto sumarás una década de innumerables tendus, pliés, arabesques… y jamás habías tenido un nivel físico, técnico e interpretativo tan alto como ahora, nunca se había visto tanta belleza desplegada por tu cuerpo al bailar. Lo sé, lo sé, está lo otro: el tener que lidiar con la constante presión que ejercen tus padres y demás allegados para que definas cuál será el rumbo de tu vida de ahora en adelante. ¿Qué piensas estudiar? Es la pregunta que te hace cuanto conocido se te cruza en el camino. ¡Pobre de ti si te atreves a decir que pretendes dedicar el resto de tu vida a bailar! La danza es vista por algunos como un capricho pasajero, para otros no es más que un oficio de segunda categoría y hay quienes ni siquiera la consideran una profesión. Entiendes sus razones, tomas nota de sus argumentos y, aun así, no terminan de convencerte. Las dudas persisten. La danza u otra cosa, lo que quieres o lo que otros quieren, lo que amas hacer o lo que deberías hacer. «¡Profe, no sé qué hacer con mi vida!»

¿Qué puedo decirte? Desde luego, mi opinión esta sesgada. Soy tu maestro de ballet, soy uno de los caídos en las redes de Terpsícore. Amo este arte, vivo de él y para él. Es por eso que no debería ser yo quien argumente en favor de la danza. Dejémosle esa noble misión a alguien con mejores credenciales, un artista de la palabra, alguien que, aunque quizá nunca haya pisado un escenario, tuvo que enfrentar los mismos dilemas que tú y yo. Dejemos que sea Mario Mendoza el que responda a las preguntas implícitas que hay tras esa angustia tuya. Y es que en cada capítulo de su libro Leer es resistir el escritor colombiano hace un aporte invaluable para quienes resistimos e insistimos en jugárnosla toda por el arte. Él es una de las tantas pruebas vivientes de que se puede pasar por encima de la presión externa y vivir para contarlo.

Lo primero que hace Mendoza es describirte, hablar del artista joven. Al respecto dice: «Es un ser muy frágil, muy vulnerable, al que es muy fácil destruir. Se ha opuesto a todo, ha decidido tomar un camino en solitario y va por el desierto con muy poca agua, sin alimento y a pleno sol. Nadie lo acompaña, nadie lo ayuda, nadie se apiada de él. Depende solo de su coraje, de su temple. Por eso cualquier gesto vale tanto, cualquier palabra de apoyo, cualquier vaso de agua.» Admítelo, en este momento eres frágil como una zapatilla de cristal. Tienes miedo. Piensas en el fracaso y te inquieta la posibilidad de que una “mala decisión” pueda alejarte de la seguridad, la estabilidad y la comodidad que todos enarbolan como los bienes más preciados. Quizá tengan razón: con la danza te lanzas a un futuro incierto. Pero, ¿qué futuro no lo es? Claro que será difícil, y por eso se vale tener miedo. Lo que no tiene sentido es que sea dicha dificultad lo que te incline a uno u otro lado de la balanza, lo que te incite a aferrarte o a huir de lo que amas. ¿Cuándo la perspectiva de un arduo camino te ha persuadido de no recorrerlo? No se ama lo fácil, y tu mejor que nadie lo sabes, pues la danza te ha enseñado que lo fácil no tiene mérito alguno. Eres un resiliente. Si te caes, te levantas y continuas; igual que lo has hecho durante estos años en el escenario. Recuerda que el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que actúa a pesar de ello.

Ahora bien, el problema no es los obstáculos con los que seguramente te toparás… el problema es que el espejismo del “éxito” está constantemente al acecho, seduciéndote y nublando el camino. Las redes sociales y la sociedad de consumo, han creado la falsa idea de que el éxito es la meta. El mensaje es: tú también puedes ser famoso, tú también puedes ser millonario, bello, glamoroso, el primer bailarín de la primera gran compañía… Esfuérzate y lo lograrás. La meta te está esperando. «Nada más falso, lo verdaderamente aleccionador, lo que forja el carácter, lo que desarma el ego, fortalece los ideales y endurece la convicción es la derrota. Es preciso acostumbrarse a ella. Hay que aprender rápidamente a hacer amistad con el fracaso. De ese modo, uno va descubriendo que lo importante es la terquedad, la persistencia…»

Con estas palabras, Mendoza no solo invita a tomar distancia frente a la idea del éxito, sino además a acoger el fracaso como ingrediente necesario en el caldo de la vida. ¿Absurdo? Quizá. Samuel Beckett dijo: «Siempre lo intentaste. Siempre fallaste. No importa, inténtalo otra vez. Falla otra vez. Falla mejor.» Pero eso es lo que Beckett, Mendoza y yo opinamos. El resto de la sociedad te recalca, a cada momento y por todos los medios posibles, que el objetivo es el dinero y el estatus, acumular títulos, triunfar a toda costa… Y resulta que tarde o temprano llegan las preguntas fundamentales: ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Vine aquí a qué? ¿Estoy ayudando a construir un mundo mejor? Y quizá la más importante: ¿era esto lo que realmente quería hacer?

Entonces, toda la estantería se viene encima aplastándote y dejándote mal herido. Te das cuenta de que has entrado a engrosar el grupo de los «borregos excelentes», que, en palabras de Mendoza, son «jóvenes mansos que han cumplido con los caminos preestablecidos para ellos, que han obedecido todas las reglas para llegar a ser sujetos prestantes, y que al final han descubierto que no saben realmente lo que quieren, ni quiénes son, ni cómo escapar de esa zona de confort que se convirtió en una trampa. Porque esa es otra de las características de esta educación contemporánea: que nos enseña a ser cobardes, a tenerle miedo al riesgo, a rechazar los cambios y las crisis. Eso no es bien visto, hay que seguir el camino que ya está trazado. Si me salgo del rebaño de pronto me convierto en un loser, en un perdedor. Qué miedo.» Mejor ser un borrego excelente, mejor escoger una carrera tradicional, una que te asegure una vida decente y un sueldo fijo. El asunto es que algún día tendrás que descubrir el velo, mirarte al espejo y decirte la verdad: fuiste un idiota útil, que lo único que hiciste fue ayudar a mantener el mundo que los demás quieren, no el mundo que soñaste para ti. ¿De verdad vas a dejar de hacer lo que amas hacer? ¡Eso sí que es absurdo!

Respecto a la opinión de los demás, Mendoza añade: «Hay un sector que reconoce el trabajo o la labor de esa persona (suele ser una minoría), otro sector al que le da igual, y un tercero que detesta cualquier cosa que diga o haga ese individuo (suele ser la mayoría). No hay cómo complacer y agradar al cien por ciento. Es imposible. Y sufrir por ello no tiene sentido.» El camino que te espera es tan tuyo que debe ser recorrido en solitario. Entonces, ¡qué importa lo que piensen los demás! La gente es experta en opinar sobre aquello que ignora. ¿Acaso tus padres saben lo que en realidad cuesta realizar 32 tour fouettés? ¿Alguno de tus amigos se ha dado a la tarea de repetir y repetir un mismo paso en busca de la inalcanzable perfección? ¿Alguno de ellos te puede hablar del cansancio al finalizar la semana, de ese dolor que no desaparece, de la ovación del público? No, ¿verdad? Y, aun así, una parte de ti insiste en darles crédito.

El reconocimiento por parte del otro es un resultado, una consecuencia. Si es eso lo que buscas, quiere decir que vez la danza como un medio y no como un fin, que la utilizas para alcanzar otra cosa, que la instrumentalizas. No puedes convertirte en bailarín persiguiendo reconocimiento, plata, estatus… Uno se mete a la danza y persiste en ella porque ama el proceso, porque disfruta haciéndola. Si te centras en el hacer, los resultados se darán por sí solos y, créeme, serán satisfactorios. «No se trabaja pensando en el éxito, en el triunfo, el reconocimiento, en poner el ego en un podio, sino en disfrutar a fondo con la construcción de una obra que iluminará la condición humana.» Así que deja de pensar el después y pon manos al ahora. Ingresa al salón y baila, que lo que venga después no te compete.

No es que esté mal el reconocimiento, pero si bailas para “figurar” y no para entregar lo mejor de ti mismo en un acto de generosidad, entonces tu danza es miope, incompleta… Igual que bailar frente al espejo. Y es que en una sociedad que constantemente nos propone narcisismo en todas sus formas (en las redes sociales, en las múltiples selfis, en los seguidores, en los likes), el arte propone precisamente lo contrario: cómo salir de ti y convertirte en otros, para otros. Eres Kitri, Sigfrido, Gamzatti… Eres todos ellos para el que está sentado en esa silla observándote. El bailarín se entrega sin esperar nada a cambio, simplemente hace lo que tiene que hacer, y si llega el premio, el aplauso, el reconocimiento…, bienvenidos sean. Porque, tal y como lo recalca Mendoza, no disfrutarlos sería también un exceso de ego.

¿Y yo? Sabes bien que no hice parte de una compañía importante ni tuve una carrera internacional. ¿Me ves frustrado? No lo creo. En mi caso, el objetivo siempre fue la danza. Bailar en el teatro de mi ciudad frente a mis familiares es tan valido y dignificante como hacerlo en el Royal Opera House ante la elite londinense. Cada día me levanto con ganas de más y más danza, necesito hacerla, verla, leerla, escribirla y, sobre todo, compartirla. Podríamos llamarlo pasión. Sé que a ti te ocurre igual: bailar te hace vibrar. Qué importa si tu pasión no le gusta algunos. Si lo que haces está llamado a ocupar algún lugar en la historia de la danza, ella misma se irá abriendo paso, poco a poco. Supongamos que tu destino es ser un humilde bailarín de escuela, una estrella para unos cuantos…, pues esos cuántos harán de tu carrera algo maravilloso, esos cuántos harán que tus esfuerzos valgan la pena, esos cuantos te convertirán en un verdadero artista. En mi caso, tú ya hiciste que valiera la pena.

Sí, mi angustiado estudiante, el arte se hace a punta de temple y aguante, venciendo la presión y el miedo, siendo terco y persistente en un oficio cuyas mayores alegrías casi siempre son discretas, encerrado en un salón, entre unos pocos, repitiendo y repitiendo una coreografía que no siempre avanza a un ritmo satisfactorio. Es lo que hacemos, es lo que te he visto hacer una y mil veces a lo largo de estos diez años, y por eso estoy convencido que la danza es para alguien como tú, para un valiente que se empeña en resistir.

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