Cómo vencer la pereza: sobre la metáfora de El jinete y el elefante

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Amas este arte, te lo tomas muy en serio y tal parece que tienes claro lo que quieres lograr de él. Pero conseguirlo requiere disciplina, perseverancia y alto grado de compromiso. Entonces, estarás de acuerdo conmigo en que es necesario hacer algunos cambios en tu estilo de vida. ¡Lo sé, lo sé!, tienes muy claro qué es exactamente lo que debes cambiar, pero no sabes cómo. Empiezas bien, y durante los primeros días te entusiasmas al constatar tus propios progresos; pero luego, de un memento a otro, todo se viene abajo. ¿Cómo opera el proceso de cambio? ¿Por qué resulta tan difícil implantar un nuevo hábito? Jonathan Haidt, en su libro La hipótesis de la felicidad, nos da una pista al respecto al plantear que en nuestro cerebro conviven dos sistemas independientes que funcionan simultáneamente y que se relacionan e influyen entre sí. Para explicar la relación entre ambos sistemas y para ayudar a responder tus dudas, este autor recurre a la metáfora de El jinete y el elefante. Ahí te va.

Imagina un jinete sobre el lomo de un elefante. El jinete es nuestra parte racional y reflexiva (consciente), que es la que piensa y analiza la realidad. El elefante es nuestra parte emocional e instintiva (inconsciente), que es la que reacciona al primer impulso y muchas veces de manera desbordada y sin sentido. Necesitas de ambos para alcanzar tus metas. Del elefante,  ya que es lo suficientemente grande y fuerte para sostener al jinete y llevarlo a salvo hasta su lugar de destino. Y del jinete, pues, aunque es muy pequeño y débil en comparación al elefante, puede ver el camino con claridad y conducir al elefante con eficacia a través del recorrido.

Gracias a su inteligencia, el jinete sabe cómo montar sobre el lomo del elefante. Sujeta bien las riendas y parece tener dominio pleno de la situación. Sin embargo, dada la diferencia de tamaño y de fuerza entre ambos, el control que ejerce el jinete no deja de ser precario e inestable. Al jinete le resultará fácil guiar al elefante si lo lleva por caminos conocidos; pero en el momento en que decida cambiar de rumbo, el elefante se resistirá y evitará con todas sus fuerzas abandonar la cómoda y ya conocida ruta de siempre. Cuando trabajan coordinadamente, con similares objetivos y caminando en la misma dirección, no hay conflicto alguno. Los problemas vienen cuando cada uno busca satisfacer sus propias necesidades. En estos casos, el elefante siempre lleva las de ganar.

Seguramente ya te ha pasado que tu elefante se revele y se imponga a tu jinete. ¿Recuerdas aquella tarde en que faltaste a clase? Lo primero que hiciste al día siguiente fue disculparte argumentando falta de tiempo. ¡Punto para el elefante! Fíjate que las personas casi siempre procedemos de la misma manera: actuamos emocionalmente llevados por la fuerza de nuestro elefante y, luego, nos justificamos racionalmente de la mano de nuestro jinete. Claro, de algún modo hay que maquillar su evidente ineficacia. Entonces, fracasamos porque el jinete no es capaz de poner en marcha al elefante cuando es necesario o porque no logra mantenerlo en el camino el tiempo suficiente para llegar a su destino. ¿Qué hay que hacer? Además de mantener limpio y despejado el camino, hay que darle al jinete las herramientas para que domine al elefante y al elefante la energía necesaria para enfrentar el duro viaje.

Tienes que darle al jinete una ruta clara, una dirección, una meta. ¿A dónde quieres llegar? Una vez establecida la meta, hay que diseñar el camino. Es decir, dibujar un mapa en el que quede claro el punto de salida, el punto de llegada y las etapas intermedias entre uno y otro. Un mapa es un plan de acción, un sistema, un método. En latín, la palabra método traduce «el camino a seguir». Toma la meta, divídela en pequeños pasos y ordénalos de modo tal que uno conduzca al otro. Ten cuidado al definir esos pasos, pues tienen que ser los absolutamente necesarios, los pasos críticos, aquellos que de verdad sumen a la consecución de tus metas. De esta manera, al darle al jinete la menor cantidad de opciones, le resultará más sencillo tomar decisiones. Recuerda que el jinete tiene la capacidad de pensar a largo plazo, de reflexionar y de planificar en busca de sus objetivos, y esa es precisamente su fortaleza. Pero sus fortalezas están íntimamente relacionadas con sus debilidades, ya que, con frecuencia, su capacidad de análisis suele desembocar en que piensa demasiado y no deja de darle vueltas a las mismas cosas. ¡Parálisis por análisis! Si el jinete no tiene claridad sobre la meta y las diferentes etapas del camino, te aseguro que la duda y el aplazamiento reinarán en sus decisiones. ¿Hace cuanto que llevas intentando llegar temprano a clases?

Entonces, ¿cuando nuestros esfuerzos de cambio fracasan suele ser por culpa del elefante?  No del todo. Es igual que cuando me dices: “no soy capaz”. Es la queja del típico jinete que se ha rendido frente al poder de la gran bestia. Recuerda quién debe ir sobre el lomo de quién, recuerda quién es el que está llamado a hacerse cargo y llevar las riendas. ¡Ah, entonces es el jinete! Sí, Pero solo con fuerza de voluntad no basta, sólo con sujetar las riendas con firmeza no es suficiente. El jinete podrá dirigir activamente al elefante, pero por tiempo limitado, ya que se trata de un animal enorme y fuerte que requiere atención sostenida y constante. Tarde o temprano el jinete terminará exhausto y con sus brazos adoloridos. Tiene que haber un momento en que el viaje se torne más sencillo para ambos, ¿no lo crees?

Ya está claro que nuestro elefante, nuestra gigantesca parte emocional, es perezoso y caprichoso. Normalmente prefiere la gratificación inmediata (descansar, comer y dormir) a esperar para obtener resultados a largo plazo. El problema es que las grandes metas o los grandes cambios exigen largos caminos y mucho esfuerzo. Y como ya te dije, el jinete tiene una capacidad limitada para dirigir al elefante en contra de su voluntad. Por lo tanto, mejor que desgastarse forzando al animal, lo más prudente es hacer que coopere; encontrar qué le motiva y ofrecérselo para que acceda y facilite el proceso. Entonces, tienes que hacer de la meta un objeto seductor y atractivo para tu elefante. Que lo motive, que lo haga saltar de entusiasmo con solo verla. Has que la visualice lo más detalladamente posible y que se vea en el futuro disfrutando los beneficios de recorrer ese largo camino.

Supongamos que estás en casa. Tu jinete te advierte que es hora de tomar tus cosas y dirigirte a la clase de ballet. En ese momento, la bestia comienza a emitir sonidos y a revolcarse en tu interior. Prefiere el sofá, la televisión, las redes sociales… Mil cosas resultan mucho más atractivas que una hora de consistente, metódico y duro trabajo de danza. ¡Pero un momento, no todo está perdido! Simplemente recuérdale por qué es importante echar a andar y cómo encajan esas 2 horas en el plan general que has diseñado para alcanzar tus metas. Has que evoque lo grato que se siente bailar, que vea el salón y a tus queridos compañeros, que reexperimente el placer del movimiento, del dominio del cuerpo, de ser un activo creador de belleza. Ponle ese momento en el presente, que lo pueda palpar, que se reencuentre con la razón por la cual iniciaron juntos esta travesía. Descríbeselo al oído una y otra vez, y que se vea cruzando la meta, con el jinete sobre su lomo estirando los brazos en alto en signo de victoria. ¡Hazlo soñar!

Una vez tengas al elefante caminando, el resto de la jornada será más sencillo. Pero recuerda que mañana habrá que hacer un poco de lo mismo, y pasado mañana… ¡Caminar, caminar y caminar! Es la única manera en que le elefante puede memorizar la nueva ruta. Me explico: todos los días realizamos tareas automáticas que escapan a nuestro control consciente, hábitos que hemos adquirido y que llevamos a cabo como zombis sin tener que pensar en lo que estamos haciendo. De hecho, la mayoría de nuestros comportamientos son automáticos: cepillarse los dientes, amarrase los zapatos… Y esto es así porque nuestro Jinete, nuestra capacidad de control o supervisión consciente, es muy limitada. Es el elefante el responsable de llevar a cabo todos estos automatismos. Entonces, hay que enseñarle hábitos, pero eso requiere obligarlo un poco al principio y motivarlo otro tanto después, para que finalmente interiorice dichas rutinas. Que aprenda las nuevas rutas y que las transite una y otra vez, para que consiga recorrerlas sin falta en el  futuro. Al principio será difícil, pero, con el tiempo, el jinete podrá soltar las riendas y el elefante encontrará solito el camino. Te aseguro que en el momento en que asistir a clase se convierta en un hábito, tu elefante será un animalito más dócil a la hora de tener que abandonar la comodidad del sofá.

Pero antes, no olvides allanar el camino. Muchas veces lo que parece un problema nuestro suele ser un problema de la situación y del entorno que nos rodea. Así pues, si allanamos el camino haciéndolo fácil, haremos que el cambio sea más probable, independiente de lo que pase con el jinete y el elefante. En lo posible, procura mantenerlo limpio y nivelado: retira la mayor cantidad de obstáculos y ajusta el entorno para que te ayude y no te perjudique. Si tu clase es a las 4 de la tarde, debes anticipar y preparar ese momento: terminar antes las tareas de la escuela, salir de casa con el tiempo suficiente para llegar puntual, tener listas y empacadas tus zapatillas…, en fin, despejar el camino para que jinete y elefante transiten con mayor comodidad. Ahora sí, empieza a caminar. ¡Pero un paso a la vez, que no se trata de alcanzar la meta en un solo día!

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