El lugar de la disciplina en el aprendizaje de la danza

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Es común asociar la práctica del ballet con el valor de la disciplina. Hábitos como la puntualidad, el orden y la constancia (componentes indiscutibles de una vida disciplinada) deberían hacer parte del día a día del bailarín tanto en el salón de clases como por fuera de él. En su obra El valor de educar, el filósofo español Fernando Savater aborda la estrecha relación entre disciplina y educación. Quisiera compartir contigo parte de lo que este autor plantea y su relación con nuestro quehacer diario.

Dice Savater que enseñar siempre implica una cierta forma de coacción, de pugna entre dos voluntades: la que enseña y la que aprende. Nadie quiere aprender aquello que le cuesta trabajo asimilar y que le quita el tiempo precioso que podría dedicar a sus juegos o actividades más placenteras. Me dirás que eso solo pasa en la escuela y que a ti nadie te ha obligado a tomar clases de ballet. Entonces, ¿por qué debo presionarte para que asistas de manera constante a tus entrenamientos? ¿Por qué te quejas de lo extensas que son nuestras jornadas, de lo difícil qué son algunos pasos, de la repetición y de todas esas «absurdas» reglas cómo llegar puntual, no sentarse dentro del salón o pedir permiso para hablar? Si te fijas bien, tu maestro de escuela y yo no somos tan diferentes.

Quizá al ballet asistas por decisión propia, pero debes admitir que muchas de las cosas que haces en este salón son porque te obligo. Si dependiera de ti, la clase se reduciría simplemente a poner música y que cada quien la baile a su antojo. Entonces, ¿somos unos tiranos tu maestro de escuela y yo por obligarte a estudiar y, sobre todo, por hacerlo de esta manera? ¿Es cierto que te enseñamos por tu propio bien? ¿Tenemos derecho a imponerte la disciplina sin la cual desde luego no aprenderías los cientos de pasos que componen este arte? ¡La respuesta es: sí! Tal parece que tenemos el poder de forzarte para que hagas o dejes de hacer algo en contra de tu voluntad. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué permites que lo hagamos?

Es evidente que no solo te enseñamos por tu propio bien, sino también, y ante todo, por razones egoístas. Educamos para no morir, para perpetuarnos a través de nuestros estudiantes. Ante la fugacidad de la vida, no hay necesidad más imperiosa que la de tratar de conservar nuestras experiencias, nuestros conocimientos y nuestras destrezas transmitiéndolos a la próxima generación. ¿Cómo crees que ha sobrevivido y se ha expandido nuestro arte a lo largo de cinco siglos? Igual que tú, yo también tuve un maestro. Y él, en su momento, también pensó que la tradición, la belleza y la grandeza del ballet debían perdurar, y por eso me los transmitió a mí, confiando en que algún día yo haría lo mismo contigo. Y es que para que la sociedad continúe funcionando, es preciso que aseguremos nuestro reemplazo en todas aquellas tareas sin las cuales no podríamos seguir siendo una sociedad. ¿Te imaginas un mundo sin danza? De alguna manera, todos estamos condenados a convertirnos en el maestro de alguien, al igual que a ser reclutas forzosos de otros.

Tal parece que no es posible ningún proceso educativo sin algo de disciplina. Me refiero con ello a la obediencia que te obliga a mantenerte atento a los conocimientos que te propongo y a cumplir los ejercicios que requiere tu aprendizaje. De la misma forma en que nadie te preguntó si querías nacer, tampoco se te preguntó si te apetecía parecerte a tus padres o a tus maestros. Simplemente te impusimos la humanidad tal y como la concebimos y padecemos. ¿Por qué? Porque eres igual que nosotros. Si hubieses nacido siendo mono, seguramente te estaríamos enseñando otras cosas, como a coger bananas de los árboles o a expurgar piojos.  Antes que tú, ya estaba el lenguaje, la religión, las matemáticas, las artes… Habrá algunas cosas sobre las que puedas elegir, cómo tomar o no clases de ballet. Pero incluso el ballet es un producto humano, y no puedes elegir llamarlo de otro modo, quitar o poner algo, porque entonces ya no sería ballet.

Si la humanidad se te impone con sus pros y sus contras, entonces tu libertad es relativa. Y si por un lado te estamos imponiendo algo, por el otro te estamos dando la oportunidad de mucho. Savater es enfático cuando dice que, si bien la educación implica cierta tiranía, es una tiranía de la que sólo pasando por la educación misma podrás en alguna medida liberarte más tarde. ¡No partimos de la libertad, sino que llegamos a ella! En efecto, lo que hacemos tanto padres como maestros es intentar rescatarte de esa determinación genética con la que naces, de ese componente biológico originario, de tu “animalidad”. ¿Cómo? Aportándote ese plus específicamente humano que te permitirá hacer mucho más de lo que puede hacer un mono. En otras palabras, nacemos con la potencialidad para ser humanos, pero es necesario llegar a serlo, y es ahí en donde entra la educación. Ella te proporcionará las herramientas necesarias para que puedas hacer combinaciones inéditas y aún inexploradas, como formular una teoría de la física, escribir un tratado filosófico o crear un gran ballet.

Entonces, si bien el objetivo de la educación es conseguir individuos libres, debes aceptar que para ser libre necesitas pasar por una serie de imposiciones y habituarte a diversas maneras de obediencia. En cierta medida, estudias a la fuerza. Desde tus primeros años se te exigió esfuerzo, pero, si recuerdas bien, solo te esforzabas voluntariamente en aquello que te divertía. ¡Y qué decir de la paciencia! En la danza, la recompensa que corona el aprendizaje tarda tiempo en llegar, y es difícil para un joven aprendiz entender por qué se le somete a tanta regla y repetición para una cosa tan sencilla como brincotear al ritmo de la música. Así es, los contenidos académicos y la pedagogía son algo que sólo interesa a los mayores. No es que los pequeños no deseen saber, pero su curiosidad es mucho más inmediata y menos metódica que lo exigido para aprender los pasos, posiciones y reglas de un sistema tan complejo como el ballet. Por supuesto que se debe contar con el entusiasmo y la curiosidad infantil, pero no se puede esperar que éstos sean suficientes. Un buen maestro lo sabe, y es por eso que se afana por mantener y potenciar ese impulso inicial, con la esperanza de que, más adelante, saber un poco le abra al estudiante el apetito por saber más.

No tienes por qué echar en falta los saberes que no posees. Soy yo, tu maestro, el que debe darle importancia a tu ignorancia, porque valoro los conocimientos que te faltan. Soy yo el que debe creer firmemente que lo que te enseño merece esfuerzo. ¿Cómo puedo pretender que anheles y valores algo que ni siquiera conoces? Lo único que puedo esperar de ti es confianza y, por medio de ella, obediencia a mi autoridad. Es natural que no entiendas mis métodos, que no estés de acuerdo con mis reglas o que te resistas a asumir los hábitos propios del aprendizaje de nuestro arte. ¡Perdóname!, pero para educarte me toca contrariarte.

Cuando te exijo disciplina, cuando te pido que no hables o que permanezcas quieto mientras explico un ejercicio, te estoy pidiendo básicamente autocontrol. Y el aprendizaje del autocontrol se inicia con las órdenes o indicaciones de un adulto, que el niño va interiorizando a medida que crece. Es decir, aprendes a mandarte a ti mismo obedeciendo primero a otros. Creces gracias al adulto, que te da apoyo y que, al mismo tiempo, te opone cierta resistencia. Si se te libera a destiempo de dicha tutela, si permitimos que la autoridad sea abolida tempranamente, es un síntoma de que estamos evadiendo nuestra responsabilidad y que estamos quitándonos de encima la tarea de ofrecerte el apoyo cordial, pero firme y paciente, que ha de ayudarte a crecer hacia la libertad adulta. Los padres se convierten  así en cómplices del facilismo y las frivolidades modernas. Y los maestros, temerosos de que nos tachen de “chapados a la antigua”, empezamos a diseñar clases para estudiantes de porcelana: con actividades digeribles y cortas que les eviten la fatiga.

Que la clase de ballet sea uno de esos pocos lugares en los que todavía haga falta tomarse molestias, soportar una disciplina y progresar paso a paso, eso es algo que tú y tus compañeros no logran entender. Es por eso que cada vez que te quejas por lo difícil que es el ballet, te respondo con una sonrisa y un: “si fuera fácil no tendría gracia”.

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