El sentido del humor

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En una anterior publicación, te hablé de la relación óptima que debería existir entre ansiedad y desempeño al momento de bailar. Parece que muy poca ansiedad provoca aburrimiento y poca motivación para esforzarse, mientras que demasiada ansiedad puede sabotear cualquier intento por alcanzar un logro aceptable. Entonces, un mínimo de ansiedad parece ser lo ideal. Me refiero con esto a un estado levemente eufórico, un estado similar al que experimentas cuando te ríes. Así es: la risa. Entonces, ¿en qué forma puede contribuir el sentido del humor a regular tus niveles de ansiedad e, incluso, a potenciar tu desempeño?

La risa es la manifestación más evidente y espontanea del humor. Se trata de una conducta innata del ser humano, una respuesta fisiológica, un reflejo, que aparece en un estadio temprano en la vida humana. De hecho, el ser humano comienza a reír antes de aprender a hablar. Entre sus ventajas, la risa tiene la reputación de estabilizar la presión sanguínea, oxigenar la sangre, dar un masaje a los órganos vitales, aumentar la circulación, facilitar la digestión, estimular las hormonas del sistema inmunológico y relajar nuestros músculos. Podemos resumir los efectos de la risa en dos procesos: un estímulo sobre el cuerpo y una relajación posterior. Todo esto se traduce en sentimiento de bienestar general, una sensación de disfrute y de alegría. Y es que resulta imposible desvincular el humor de la alegría. Al reírnos, es como si nos pusiéramos, sin darnos cuenta, un cristal color rosa a través del cual podemos observar la vida en su faceta más positiva y lúcida.

El humor que se esconde tras la risa guarda una estrecha relación con la lucha por la supervivencia, pues representa un medio, quizá uno de los más poderosos, para afrontar las dificultades de la vida. Se trata de un recurso con el que puedes ir de frente contra el miedo. Miedo a olvidar tu coreografía, a caer en medio de tu presentación, a lesionarte, a ser menospreciado o criticado por el público; el miedo a decepcionar a tus padres, a tu maestro o a tus compañeros…, en fin, el temor a todas las absurdas “catástrofes” posibles sobre un escenario. Tú mismo lo has dicho: “el miedo me congela, me estanca”. Pues resulta que el humor puede ser un eficaz antídoto para liberarte de tal parálisis.  En efecto, la risa, al igual que el llanto, te proporciona una vía para deshacerte del exceso emocional. Pero, mientras la risa tiene como función suministrar energía para entrar en acción, el llanto tiene el efecto contrario: si bien permite la catarsis, también te aquieta, pues su objetivo es restablecer un estado corporal de descanso. Por lo tanto, el llanto no es precisamente el mejor recurso a puertas del escenario. En tu caso, optaría por la risa.

En cierta ocasión, uno de tus compañeros, segundos antes de entrar al escenario, me dijo con voz entrecortada: “profe, estoy muy nervioso”. Su angustiado rostro parecía clamar por alguna gota de sabiduría que le permitiera deshacerse de su sofocante ansiedad. “Bueno, si te caes, sólo sonríe. Así todos pensarán que se trata de un paso más de tu rutina”, dije, percatándome al instante del nivel de torpeza que encerraban mis palabras. Para mi sorpresa, el estudiante no tardó en soltar una carcajada, mientras balbuceaba: “profe, qué malo es usted dando consejos”. Sin embargo, instantes después, mientras lo observaba a la distancia, pude notar los efectos de aquel pésimo consejo: ahora, mi bailarín se veía un poco más relajado, parecía haberse olvidado de sus preocupaciones y, de vez en cuando, volvía a soltar una risita involuntaria, como si no dejara de repetirse en su mente mis torpes palabras. Aquel día, su rutina fue brillante.

Si la risa es la manifestación en el cuerpo del sentido del humor, éste último se refiere a la capacidad para percibir, disfrutar o expresar lo que es cómico o gracioso. El rasgo inicial de lo cómico es la deformación; algo resulta gracioso porque se nos presenta como una contradicción tomada de la realidad. Sin embargo, lo más característico de lo cómico es lo inesperado y lo sorprendente, que emerge precisamente de la deformación de lo cotidiano. ¡Apuesto a que mi estudiante no se esperaba ese tipo de respuesta! La risa surge al descubrir actos que no tienen sentido, que se salen de lo normal, que son absurdos o confusos. Algo así como convertir una caída sobre el escenario (un evento catastrófico para un bailarín) en parte de su coreografía. La risa es una reacción de sorpresa; por lo tanto, la novedad es uno de sus componentes fundamentales.

Pero, ¿lo que lograron mis torpes palabras fue solamente hacer que mi estudiante se olvidara de sus preocupaciones? ¿O tal vez permitió algo más? Quizá sólo lo distraje; quizá lo que mi estudiante logró a través del humor fue una mayor comprensión de la situación “amenazante”, y así pudo valorarla desde otra perspectiva: “Caerse en el escenario no es tan grave”, “no se trata de un fracaso”, “no es el fin de mi carrera”, “no es la muerte”. En efecto, el humor es una forma especial de pensamiento. A través del humor nos sentimos tentados a abandonar la manera habitual de mirar las cosas (la lógica y el sentido de lo obvio) y a adoptar una manera más amplia y flexible de percibirlas. Captar los rasgos de humor de una situación nos brinda la posibilidad de asomarnos al mundo de una nueva manera, de abordar la realidad al derecho y al revés, y al mismo tiempo. La esencia de lo cómico es pues la contradicción y el contraste. Es por eso que el mecanismo psicológico de la risa está relacionado con el mecanismo del asombro. ¡Sencillamente, el resultado nos toma por sorpresa! Nos preparamos para enfrentar algo significativo, pero lo que recibimos no tiene sentido alguno. Entonces, aparece la risa como una manifestación de la discrepancia entre lo que se esperaba y lo que realmente se encuentra.

Si tienes sentido del humor, entonces tienes la habilidad para cambiar de punto de vista. En cierta ocasión te propuse el siguiente reto: pregúntale a tus padres, a tus amigos y a algunos desconocidos qué opinan de pararse en el escenario de un teatro, frente a mil personas, y realizar una rutina de ballet de 2 minutos. El resultado fue, por supuesto, opiniones muy diversas y, lo más importante, diferentes a la tuya. De eso se trata asumir otro punto de vista: una misma situación puede ser interpretada de distintas formas. Al tener una visión global de las diversas maneras en que puede ser visto un mismo suceso, tu propia interpretación se flexibiliza y pierde fuerza. La situación no resulta tan amenazante después de todo, ¿verdad? Esta habilidad te permite distanciarte de lo que percibes inicialmente como una situación amenazante y, por consiguiente, se reduce tu ansiedad y tu sensación de impotencia. Estarás de acuerdo conmigo en que se trata de una manera saludable de poner distancia entre tú y el “problema”.

El humor no sólo amplía nuestra visión de los acontecimientos, también favorece la capacidad de pensar con flexibilidad. Incluso los cambios leves de humor pueden influir en el pensamiento. Al hacer planes o tomar decisiones, las personas que están de buen humor tienden a ser más y positivas en su manera de pensar. Esto se debe a que la memoria depende de nuestros estados emocionales, de modo que cuando estamos de “buenas pulgas” tendemos a recordar más los acontecimientos positivos. Entonces, a la hora de procesar información, la memoria influye en el tipo de evaluación que realicemos, llevándonos en una dirección positiva y haciendo que resulte más probable que hagamos cosas nuevas y diferentes. Es decir, nos da autoconfianza.

Lo cómico también nos obliga a tener los pies en la tierra, pues nos vincula con la experiencia inmediata, con el mundo concreto, con los hechos más que con las ideas. Además, ayuda identificar los límites propios y los de los demás. Nos muestra la cruda realidad: somos humanos y podemos errar; pero si erramos, no pasa nada. En ese sentido, el humor es más serio de lo que acostumbramos creer, pues nos lleva a encarar el mundo y la vida como son y no como deberían ser. Cuando la mente se enfrenta a realidades que no están completamente bajo nuestro control (que son la mayoría), la mejor opción es entregarse y aceptar con humor lo que pueda pasar. Dejar de ejercer control, de eso se trata. La risa es aceptar y dejarse ir, por eso resulta tan satisfactoria y relajante.

¡Cuidado!, que dejar de ejercer control no es ceder la responsabilidad de tu tarea al destino o a la suerte. Cuando hablamos de desempeño exitoso nos referimos a un resultado, y ningún resultado está completamente bajo nuestro control. Puedes tomar por propia cuenta algunos aspectos, pero otros siempre se te escurrirán entre los dedos. No puedes garantizar, por ejemplo, que cada centímetro cuadrado del piso esté completamente seco y homogéneo justo en el momento en que vas a pisarlo. Por lo tanto, ocúpate de aquellos que estén bajo tu control, y el resto… no te lo tomes muy en serio.  ¿Te has fijado que la mayoría de los bailarines que se ven seguros y decididos son aquellos que tienen mejor sentido del humor? Se ven relajados,  confiados y disfrutan lo que hacen. ¿Tienen todo bajo control? Al contrario, se negaron a derrochar su energía tratando de controlar algo que no está en sus manos. Esa es precisamente la paradoja: para tener control hay que dejar de ejercerlo. Así pues, el humor es un reflejo de la capacidad de dominio ante situaciones desafiantes. Por lo tanto, quita esa cara de tragedia, entra al escenario, confían en tu experiencia, tus conocimientos y tu entrenamiento, da lo mejor de ti y acepta que eres un ser humano susceptible de error y que no puedes anticipar cuál será resultado de los acontecimientos. ¡Ah, y no olvides sonreír!

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