La inteligencia emocional

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Las emociones son un factor determinante en el resultado final de nuestros aprendizajes. La danza no es la excepción. Es por eso que gran parte del contenido de este blog está relacionado con el término “Inteligencia emocional”. Seguramente ya lo has oído mencionar. Hoy, quiero compartir contigo parte de las enseñanzas de Daniel Goleman, el Autor de un best seller que lleva por nombre precisamente La inteligencia emocional. Se trata de un primer acercamiento a este término y al funcionamiento de nuestro cerebro. ¡Así que atento!

Goleman comienza diciéndonos que tenemos dos cerebros: uno que piensa y otro que siente. Se trata de dos formas diferentes de conocimiento. La primera es consciente, reflexiva y analítica. La segunda es inconsciente, impulsiva y poderosa. Ahora bien, cuanto más intensa es una emoción, más ineficaz es la razón. Y es que, ante emergencias emocionales, el cerebro emocional siempre lleva la batuta. Así tiene que ser, pues las emociones son las que guían las respuestas inmediatas en situaciones en las que nuestra vida está en peligro y en las que detenerse a reflexionar podría costarnos la vida. Estas reacciones automáticas y desbordadas han quedado grabadas en nuestros nervios, porque durante un periodo prolongado y crucial de nuestra prehistoria marcaron la diferencia entre la vida y la muerte. En efecto, toda emoción es un impulso arraigado que nos lleva a actuar, que prepara al organismo para una respuesta inmediata frente a un potencial riesgo para nuestra supervivencia.

Pero las nuevas realidades nos han obligado, como sociedad, a imponer reglas destinadas a someter a las emociones. Piénsalo: la ira y el miedo sin ningún tipo de control suponen caos. A diario, nos enfrentamos a dilemas modernos con un repertorio emocional creado para las urgencias propias de la época de los cavernícolas. En otras palabras, nuestro sistema de respuesta emocional es anticuado para las necesidades y retos que nos plantea la vida hoy. Por ejemplo: mientras en el pasado el temor a exponerse ante desconocidos puede haber supuesto una ventaja crucial para la supervivencia; en la actualidad, el miedo será generalmente una reacción desastrosa a la hora de tener que hablar en público o bailar en un escenario frente a miles de personas. Aun así, y a pesar de todas limitaciones sociales, las emociones continúan aplastando a la razón una y otra vez.

Cerebro emocional y cerebro racional operan en ajustada armonía, compartiendo sus diferentes formas de conocimiento para guiarnos por el mundo. La emoción alimenta las operaciones del cerebro racional, y éste último depura y a veces frena la energía de las emociones. Es cierto que la mayor parte del tiempo ambos están coordinados, pero en caso de emergencia es el cerebro emocional el que domina y aplasta al racional. ¿Por qué? Resulta que, en el curso de la evolución, el cerebro creció de bajo hacia arriba y sus centros más elevados se desarrollaron a partir de los más inferiores y antiguos. La parte más primitiva del cerebro es el tronco cerebral, que rodea la parte superior de la médula espinal. A partir del tronco cerebral surgieron los centros emocionales, denominados sistema límbico, y millones de años después, a partir de estas áreas emocionales evolucionó el cerebro pensante, ese conjunto de tejidos denominado neocorteza que forma las capas superiores. El hecho de que el cerebro racional surgiera a partir del emocional revela que las emociones están con nosotros mucho antes de que nos convirtiéramos en lo que somos. Por lo tanto, no es raro que las emociones estén tan profundamente ancladas en nuestra naturaleza, no es raro que los seres humanos seamos más emoción que razón.

Piensa en la última vez que perdiste los estribos. Durante esos estallidos, el cerebro emocional declara una emergencia y recluta al resto del cerebro para que, en instantes, se desencadene una reacción, sin que el cerebro racional haya tenido siquiera la oportunidad de vislumbrar lo que está pasando. Es ahí cuando se acelera tu ritmo cardiaco y respiratorio, abres los ojos y comienzas a gritar. ¡Se llama ira, y es una de las emociones más primitivas y potentes! Una vez que el momento pasa, la sensación es de no saber qué ocurrió. Después de la tormenta, viene la calma y, seguramente, el arrepentimiento. ¿Por qué nos volvemos irracionales con tanta facilidad? Sencillo: porque ante las situaciones de peligro, las emociones toman una vía rápida.

Para explicártelo mejor, deja que te hable de la amígdala. ¡Y dale con la anatomía! Ten paciencia, si puedes hacer bien un développé, entender esto es pan comido. La amígdala es uno de los componentes del cerebro emocional indispensable para reconocer el significado emocional de los acontecimientos. Resulta que la arquitectura del cerebro le concede a la amígdala una posición privilegiada como “centinela”encargado de explorar cada experiencia en busca de problemas. Cuando se topa con uno, reacciona instantáneamente telegrafiando un mensaje de crisis a todas las partes del cerebro, para que se desencadene una respuesta inmediata.

¿Recuerdas esa vez en que se entró una abeja al salón de clases? Todos nos quedamos sorprendidos al ver cómo abandonabas tu ejercicio y salías corriendo del salón. Después, desde la puerta, con rostro pálido y angustiado, suplicabas para que me deshiciera del “peligroso bicho”. ¡Miedo! Lo que pasó fue que tu amígdala, ante las señales provenientes de tus sentidos, identificó a la abeja como una amenaza y desencadenó una respuesta de huida. Pues resulta que el intruso no era ninguna abeja, se trataba de un cucarrón, como lo pudiste constatar cuando te lo mostré luego en la palma de mi mano. Si la entrada de este insecto al salón hubiese sido procesada por tu cerebro racional y no por el emocional, seguramente no habrías emprendido la huida. El cerebro racional se habría asegurado antes de que fuese realmente una abeja; en caso de confirmarlo, habría evaluado las posibilidades reales de ser picado por ella y, por último, habría sopesado otras posibles respuestas antes de salir corriendo. Así es, la amígdala puede anticiparse, ya que existen vías nerviosas para las emociones que evitan el paso por la neocorteza. Esta vía más corta permite a la amígdala recibir entradas directas de los sentidos y comenzar a actuar mucho antes de que el cerebro racional pueda desplegar su refinado plan de acción.

Ahora bien, resulta que la amígdala también puede guardar recuerdos y respuestas prestablecidas, que efectuamos sin saber exactamente por qué. Lo que queda almacenado en la amígdala es precisamente aquella información que ingresó a través de la vía rápida. Permanece inconsciente, porque, al utilizar un atajo, evita el paso por los centros pensantes. En otras palabras, se trata de un sistema que alerta al organismo para que reaccione ante situaciones de emergencia y graba esas mismas situaciones en la memoria con especial fuerza. Cuanto más intensa es la activación de la amígdala, más fuerte es la huella que queda. Eso explicaría por qué es más probable recordar nuestro primer beso o la primera vez que pisamos un escenario. Las experiencias que más nos asustan o estremecen son las que mejor recordamos.

Entonces, resulta que el cerebro tiene dos sistemas de memoria: uno para los datos corrientes y otro para aquellos que poseen carga emocional. Si el cerebro emocional puede almacenar recuerdos, eso le da la posibilidad a la amígdala de explorar las experiencias futuras comparando lo que está sucediendo ahora con lo que ocurrió en el pasado. Su método es asociativo. De manera que cuando un elemento de una situación presente es similar al pasado, puede llamarle “igual” y es por eso que le proceso resulta impreciso, al punto de confundir un cucarrón con una abeja. Resultado: reaccionas antes de que haya confirmación plena. Solo es necesario que algunos elementos sueltos de la situación parezcan similares a algún peligro del pasado (quizá el tamaño, el color o el zumbido de las alas), para que la amígdala ponga en funcionamiento su grito de emergencia.

Estamos de acuerdo en que la amígdala ofrece un sistema muy rápido para provocar emociones, pero se trata de un proceso tosco e impreciso, basado en una señal no elaborada. Se presta a imprecisiones. Así pues, es necesario matizar esta reacción impulsiva con una respuesta más adecuada. Y para eso está el cerebro racional. Sin duda, su aparición brindó una ventaja intelectual extraordinaria a nuestra especie debido a su capacidad para trazar estrategias y planificar a largo plazo. Cuando una emoción entra en acción, momentos después el cerebro racional ejecuta un análisis costo-beneficio de todas las reacciones posibles. En el caso de los animales, atacar o huir. En el caso de los seres humanos, serenarse, persuadir, comprender, mostrar desdén… En fin, sin la intervención de cerebro racional, nuestro repertorio de emociones se vería muy empobrecido. ¡Seríamos iguales a cualquier otro mamífero!

Un animal también siente miedo, pero sólo el humano sabe que siente miedo. Los humanos podemos ser consciente de nuestras emociones y hacer que el cerebro racional las administre eficazmente, sopesando las reacciones antes de actuar y mitigando los repentinos desbordes de nuestras pasiones. No se trata pues de suprimirlas, pero tampoco podemos dejar que dominen nuestra vida. Se trata de encontrar un punto medio, un equilibrio entre ambos extremos. Eso es la Inteligencia Emocional.

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