Las inteligencias de un bailarín

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Howard Gardner es un sicólogo conocido por haber formulado la teoría de las inteligencias múltiples. Gardner propone que nuestro desempeño exitoso depende de capacidades más allá de las tradicionales destrezas verbales y lógico-matemáticas. Habla de otras capacidades, quizá menos valoradas, pero igual de importantes a la hora de adaptarnos y comportarnos de manera inteligente en nuestro entorno. Sobre el escenario, por ejemplo, las ecuaciones algebraicas o las reglas de la gramática te serán de poca ayuda para lograr arrancarle un aplauso al exigente público. Así es, los problemas para un bailarín son de otro tipo, y el desempeño óptimo al momento de bailar requiere de otra gama de recursos. Parece que Gardner se percató de este detalle y sugirió una definición más precisa del concepto de inteligencia, asociándola con un conjunto de capacidades que permiten el análisis y solución de problemas así como la correcta adaptación al entorno.

¿Que si eres inteligente? ¡Por supuesto! Sin embargo, tus padres se quejan una y otra vez de tu bajo rendimiento en la escuela y de tus pobres calificaciones en áreas como matemáticas. Cuando les digo que eres uno de mis estudiantes más destacados, se muestran incrédulos, sorprendidos. Lo que diría Gardner es que se trata de contextos diferentes con problemas diferentes. ¿De qué te puede servir la factorización de polinomios para solucionar tu falta de equilibrio durante los giros? No me malinterpretes. Es importante que aprendas de todo y que obtengas buenos resultados en la escuela. Pero lo que tus padres y tus profesores deberían entender es que las bajas calificaciones en matemáticas no te hacen una persona estúpida, simplemente te hacen un pésimo matemático. Tal y como yo lo veo, tu bajo rendimiento en ciertas áreas, en contraste con el buen desempeño en otras, sólo confirman algo que todos ya sabemos: que somos diferentes. Sería bueno ver a tu profesor de matemáticas intentando pararse sobre unas zapatillas de puntas, ¿no te parece?

Lo que Gardner propuso fue contextualizar el concepto de inteligencia. No hablamos del mismo tipo de inteligencia en una sala de cirugía que en una cancha de futbol, en la cabina de un avión o en el despacho de un abogado. Así que, es necesario abrir el abanico y hablar de inteligencias múltiples. Gardner agrupa la amplia variedad de habilidades que poseemos los seres humanos en ocho categorías: inteligencia lógico-matemática, inteligencia lingüística, inteligencia espacial, inteligencia musical, inteligencia interpersonal, inteligencia intrapersonal, inteligencia naturalista y, desde luego, la inteligencia corporal o cinestésica.

La mayoría de las personas tenemos todas esas inteligencias, aunque cada una desarrollada de un modo y a un nivel diferentes, producto de nuestra particular dotación biológica, de nuestra  interacción con el entorno y de la cultura imperante en el momento y lugar en que nacimos. En tu caso, por ejemplo, has podido explotar tu talento para la danza gracias, entre otras cosas, a que posees un cerebro sano, unas aptitudes físicas excepcionales, unos padres que te apoyan y pueden pagar tus estudios y gracias, cómo no, a que para la fecha en que naciste ya existía el arte del ballet. Igual que a ti, en la mayoría de las personas algunas inteligencias están más desarrolladas que otras. Sin embargo, dice Gardner, es posible mejorar todas las inteligencias hasta adquirir en cada una un nivel de competencia razonable. ¡Alégrate! Parece que tus calificaciones en matemáticas aún pueden mejorar. Entonces, en lo que realmente nos diferenciamos es en el grado de desarrollo de cada inteligencia y en las formas en que recurrimos a ellas y las combinamos para llevar a cabo diferentes tareas, para solucionar problemas diversos y progresar en distintos ámbitos.

Un aspecto determinante en el desarrollo de las inteligencias es lo que Gardner llama: experiencias cristalizantes y experiencias paralizantes. Algo así como los activadores y desactivadores de las inteligencias. Las cristalizantes son los puntos clave en el desarrollo de las habilidades de una persona. Se trata de situaciones, momentos o experiencias que “encienden la llama” y despiertan una pasión hasta ese momento dormida. El mecanismo es muy sencillo: los refuerzos positivos sobre una actividad provocan que en el futuro la disposición a realizarla sea mucho más alta. A menudo, estos hechos se producen en la temprana infancia, como le ocurrió a la famosa bailarina Anna Pavlova. ¿Sabías que su vocación surgió el día en que su madre la llevó a ver el ballet La bella durmiente? La niña tenía 8 años y, como lo describiría ella misma, desde ese momento su único anhelo fue ingresar a la escuela de ballet. Esa fue la chispa que encendió su inteligencia. De manera inversa, las experiencias paralizantes cierran las puertas de las inteligencias. Se trata de situaciones que bloquean las habilidades y el talento de las personas, experiencias que a menudo están llenas de vergüenza, culpa, temor, ira y otras emociones que impiden el desarrollo natural de nuestros talentos. ¿Cuántos bailarines masculinos han abandonado la danza a razón de una frase discriminante o una situación de bullying?

Llegados a este punto, quisiera hablar un poco más de ti y de las aptitudes específicas que te permiten destacarte como bailarín. Llamamos inteligencia corporal a las habilidades que permiten la coordinación de la mente con el resto del cuerpo dando como resultado un control fluido y preciso de éste. Abarca desde movimientos sencillos y automáticos, como caminar, hasta el empleo del cuerpo de manera altamente diferenciada y competente, en el que el desempeño físico es llevado a su máxima expresión (¡la danza, por ejemplo!). Gracias a esta inteligencia eres capaz de gestionar tu fuerza, flexibilidad, equilibrio, velocidad, coordinación… Pero no sólo hablamos de motricidad gruesa. En efecto, la inteligencia corporal se expresa también en el uso eficaz de instrumentos y herramientas y en la destreza de las manos para producir y transformar elementos. Es necesaria además para expresar ideas y emociones a través del uso del cuerpo, es por eso que resulta tan útil en nuestras interacciones sociales o, como en tu caso, al momento de interpretar un personaje sobre el escenario. Hablamos de actores, joyeros, cirujanos, deportistas y, por supuesto, de bailarines… Las personas con esta inteligencia tienden a favorecer el uso de las sensaciones al momento de recoger, almacenar y codificar información. Es decir, son personas que absorben el mundo a través del tacto, pero también de las sensaciones propioceptivas que llegan desde los receptores ubicados en sus músculos, tendones y articulaciones. Si tienes esta habilidad, es muy probable que te atraigan las experiencias vivenciales y prácticas, que aprendas tocando las cosas y que utilices todo tu cuerpo para realizar actividades o resolver problemas.

Ahora bien, hay otras inteligencias que considero debes tomar en cuenta si lo que quieres es lograr un desempeño eficaz al momento de bailar. La inteligencia espacial, por ejemplo, se refiere a la habilidad para percibir y utilizar apropiadamente los espacios. Esta inteligencia permite percibir información gráfica, interpretarla, recrearla y transformarla. Incluye sensibilidad al color, la línea, la forma, el espacio y, por supuesto, las relaciones existentes entre ellos. Como bailarín, es indispensable que sobre el escenario sepas calcular bien las distancias, respetar las estructuras y tener claras las direcciones, mantener las líneas y evitar desviarte de las trayectorias. Se trata de una inteligencia en la que la visión es el sistema sensorial dominante.

¿Y la inteligencia musical? Es claro que un bailarín no necesita discriminar formas musicales, como en el caso de un crítico musical; tampoco necesita transformarlas, como lo haría un compositor; mucho menos expresarlas, como lo haría un instrumentista. Lo que sí necesita un bailarín es desarrollar la capacidad de percepción de estas formas y cierta sensibilidad frente a variables como el ritmo, el tono, la melodía, el timbre…, en fin, que tenga un buen oído. Recuerda que la música es un elemento que enriquece notablemente una pieza coreográfica, contribuye a la atmósfera emocional de nuestra interpretación, es una valiosa guía a nivel temporal (nos recuerda qué hacer y en qué momento hacerlo) y nos ayuda a coordinarnos como grupo.

Por último, quisiera hablarte de la única inteligencia que todos deberíamos desarrollar, sin importar a qué nos dediquemos: la inteligencia emocional. De los ocho tipos de inteligencia de los que habla Gardner, dos se refieren a nuestra capacidad de comprender y expresar las emociones humanas: las inteligencias intrapersonal e interpersonal. La primera se refiere a la capacidad de conocerte a ti mismo y la habilidad para adaptar tus acciones a partir de ese conocimiento. Esta inteligencia incluye tener una imagen precisa de quien eres: tus fortalezas y tus limitaciones, además de cierta conciencia de tus estados de ánimo y la capacidad para expresarlos asertivamente. Como verás, la inteligencia intrapersonal influirá en tu capacidad para motivarte, sobreponerte a los tropiezos y perseverar. Respecto a la inteligencia interpersonal, se trata de  la capacidad para entender a los demás e interactuar eficazmente con ellos. Esto incluye poseer sensibilidad para interpretar los estados emocionales del otro y, desde luego, la capacidad de liderar, compartir, cooperar y formar grupos. Entenderás que se trata de inteligencias necesarias para sobrellevar el estilo de vida propio de la danza, caracterizado por un proceso formativo largo, riguroso y que demanda altas dosis de esfuerzo y disciplina; pero también de instinto gregario, ya que nuestro trabajo es, en su mayor parte, grupal. 

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